domingo, 5 de junio de 2011

La conspiración como forma de vida

De cosas de ´frikis´ y paranoicos a formar parte de todo tipo de movimientos más o menos alternativos. Las teorías de la conspiración, versiones no oficiales, a veces alambicadas, de grandes acontecimientos o revoluciones silenciosas, se difunden de forma masiva. Internet ha facilitado el auge de estas visiones del mundo, aunque también lo ha fomentado el hecho de que, con el paso del tiempo, bastantes de las hipótesis que parecían descabelladas han sido demostradas.

VÍCTOR A. GÓMEZ ¿Se imaginan un mundo en el que Elvis Presley siguiera vivito y coleando, Lee Harvey Oswald no hubiera asesinado a John Fitzgerald Kennedy o que Paul McCartney fuese sustituido por un doble idéntico tras su fallecimiento en un accidente de tráfico? O, sin ir más lejos de lo que podemos leer estos días en los diarios, ¿que Dominique Strauss-Kahn hubiera caído víctima de un complot de su propio partido para evitar su presentación como candidato de la formación socialista francesa? ¿O que Osama bin Laden hubiera muerto varios años antes de su asesinato oficial por los Navy Seals? ¿O que ni siquiera haya muerto aún? ¿O que Barack Obama no hubiera nacido en EEUU?
Justamente así es el mundo de los llamados conspiracionistas, individuos que desdeñan siempre la versión aprobada por los Estados y sus instrumentos y, a veces, ridiculizados por su tenaz abracadabrantismo. Pero lo cierto es que supone una corriente de pensamiento, una actitud ante la vida, cada vez más extendida –cada noticia de alcance que ocupa los medios tiene a las pocas horas una argumentación alternativa–, en gran parte gracias a la pujanza de internet y sus comentaristas más o menos independientes.

Ser humano
En realidad, el conspiracionismo ha existido casi desde el que ser humano camina por la Tierra. De la misma forma que muchos sospechan que el 15-M fue orquestado en los despachos de cierta izquierda ante el temor del ascenso del PP, en el lejano siglo XVIII muchos perjuraron que la Revolución Francesa fue diseñada por sociedades secretas como los masones y los illuminati. La diferencia es que en la actualidad se presta mucha más atención a estas versiones, digamos, no oficiales de los hechos; de ahí que, por ejemplo, los diversos libros sobre el Club Bilderberg elaborados por el periodista Daniel Estulin hayan despachado millones de ejemplares; que los documentales de Alex Jones –el Michael Moore de los conspiracionistas– circulen por la Red como manifiestos casi epifánicos (por cierto, en uno de ellos, sobre Bilderberg tiene un papel especial el español Bernardino León Gross), o que proliferen noticieros alternativos como The Daily Bell.
Hasta el punto de que en la actualidad está instauradísima una cultura de la conspiración, que ha permitido identificar el concepto ovni –en su origen, simplemente para referirse a un objeto volante no identificado– con el de nave extraterrestre. ¿Por qué? Lo explica el analista Michael Barkun: "Son teorías muy atractivas por su simpleza, ya que dividen el mundo entre las fuerzas de la luz y las fuerzas de la oscuridad. Además, suelen ser presentadas como un conocimiento secreto y especial, desconocido o no apreciado por el resto. Para los conspiracionistas, las masas tienen sus cerebros completamente lavados, mientras que ellos pueden felicitarse a sí mismos por saber la verdad, su verdad", argumenta el experto a The New Internationalist.
En este sentido también se expresó en una ocasión William Gibson, el creador del cyberpunk, autor de Blade Runner: curiosamente, los conspiracionistas no se sienten incómodos por sus sospechas constantes; al contrario, "se sienten reconfortados por la radical simpleza de sus planteamientos". Curiosamente, el propio Gibson quedó preso de su afirmación: escribió un episodio de la serie conspiracionista por naturaleza, Expediente X, la historia de dos agentes del FBI convencidos de que los extraterrestres llevan muchísimos años entre nosotros aunque ocultos por el Gobierno de EEUU.

Pero, ¿cómo se ha llegado a una sociedad en la que uno de sus best sellers es una historia sobre una conspiración de proporciones bíblicas como El código Da Vinci? El psicólogo Patrick Leman lo explica así en un estudio: "La idea de una conspiración llena un vacío cuando no encontramos respuestas coherentes con nuestra necesidad de dar una explicación racional a un acontecimiento, como el hecho de que un accidente automovilístico cause la muerte de una princesa" –se refiere a Diana de Gales, muerta en un muy discutido accidente de tráfico en París–. Y es que, apunta, "la gente tiende a pensar que un acontecimiento significativo o de gran magnitud tiene que estar causado por algo similar en cuanto a su magnitud, significado o poder". Añadan otro factor importante, la pérdida de la confianza en los poderes fácticos –en la década de los 60, el 75% de la población estadounidense creía en su gobierno; en los 90, el 25%– y obtendrán un caldo de cultivo perfecto para el conspiracionismo. Y, ¿cómo mantener estas teorías? Sencillo: son tan difícilmente revocables como la propia existencia de Dios, porque se apoyan más en indicios e impresiones que en certezas. Y también sucede que algunas de ellas han sido probadas –ver información de la siguiente página–.
Ventajas

Muchos se refieren a los conspiracionistas como los conspiranoicos, seres frecuentemente deprimidos o desilusionados por el Estado que encuentran en su visión alternativa de las cosas una especie de epifanía. No necesariamente es así. Jonathan Kay dedicó dos años a entrevistar a estos teóricos para un libro –reciemente publicado, Among the truthers–: "La mayoría de ellos tienen un altísimo coeficiente intelectual. Por ejemplo, ¿sabía usted que la escritora Margaret Atwood –eterna candidata al Nobel y ganadora del Príncipe de Asturias– cree firmemente que el aterrizaje en la Luna no se produjo sino que fue fingido en un estudio de televisión?". No todos son como el taxista obsesionado con los complots interpretado por Mel Gibson en la película Conspiración.

Algunos, más escépticos que detractores, exprimen las ventajas de atender a estas teorías, aunque de forma razonable. Como Karl Mamer, de la web The Conspiracy Skeptic, que analiza sesudamente estos puntos de vista sin comulgar necesariamente con ellos: "Me gustan las teorías de la conspiración que me ayudan a aprender algo. Siempre digo a la gente que no va a convencer a los que creen en estas teorías pero estos creyentes sí pueden ayudarnos a poner en solfa algunas cuestiones que tenemos asumidas, a forzarnos a preguntarnos a nosotros mismos: "¿Cómo sabemos lo que sabemos?". Quizás ése sea el principal activo de los conspiracionistas.

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