domingo, 31 de julio de 2011

El Llano de Las Brujas, con Domingo Barbuzano

Entre las brumas del tiempo y los restos derruidos de un murallón, así queda olvidado el pasado mágico de nuestros ancestros. Uno tiende a imaginar a nuestros bisabuelos como personajes de una película en blanco y negro, viviendo en la línea divisoria entre la ignorancia hacia las ciencias más empírica y su conocimiento ancestral, dado por la incesante lucha por la supervivencia en un mundo hostil y poco dado al abrigo. Alguien dijo alguna vez que, de no existir Dios, el humano lo hubiera inventado igualmente. Y ya sea por el temor a su cólera o el disfrute de sus favores, por la inquietud espiritual verdadera, o por la búsqueda del poder absoluto, hemos necesitado creer en algo. Hemos necesitado que otros crean. Ya sea bueno… o maligno.


El misterio ha acompañado al hombre desde que este es, manifestándose en multitud de formas. Existe porque existe la curiosidad en nuestra genética. La necesidad de entender lo absurdo. De buscarle un porqué a la vida y al sufrimiento. El misterio es el fundamento de toda religión animista o teocrática. Y la magia fue el primer lenguaje que encontramos para poder darle un sentido.

Para manejar la magia, el primer instrumento litúrgico, donde reside el arma más poderosa, es la palabra. El Verbo, que dirían los ascetas judeocristianos. A la que se le acompaña con infinidad de prácticas, pociones y sortilegios.

Afortunadamente hoy día, sin salirnos de un contexto simplista occidentalizado, cualquiera puede escoger de entre la amplia panoplia de credos que rigen las vidas de cuantas culturas habitan en este planeta nuestro… e incluso fuera de él, aquello en lo que creer. Pero hubo una época, no muy lejana, en que esto no era así.

Con la intención de saber un poco más acerca de nuestro pasado histórico y por la amistad que ha nacido con él, Domingo García Barbuzano, escritor y periodista, quiso llevarnos a un enclave singular y regalarnos parte de sus amplios conocimientos sobre el tema.

En cierto rincón de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, en el barrio de San Diego existe un cruce en el que confluyen cuatro caminos. Desde antaño, este lugar ha sido escenario de ancestrales y, en ocasiones oscuros, ritos. Tomando una de las cuatro direcciones, a no demasiados pasos, encontramos un drago que durante siglos fue fruto de adoración y de culto. Su tronco está marcado por infinidad de cicatrices. Según la tradición, este árbol era capaz de curar ciertos males. El enfermo de una hernia, por ejemplo, debía acudir a él en la mañana de San Juan. Colocando su pie descalzo sobre el tronco, dibujaba su contorno, hiriendo la corteza del drago, hasta que su sabía, roja como la sangre, brotara. Su enfermedad curaría en la medida en que el árbol regenerara la corteza dañada. Por desgracia este se encuentra hoy en día en un terreno privado, además de estar rodeado de zarzales. De lo contrario podríamos haber visto grabados los nombres de algunos de aquellos que pidieron por su salud.

Algo más arriba, por aquella vereda, se abre un camino que accede directamente a un terreno de cultivo. Solo con el permiso expreso de sus propietarios pudimos acceder. Bordeándolo, no sin ciertas dificultades, encontramos los restos semiderruidos de una antigua construcción. Un murete que sirve ahora de delimitación. Trepamos por un punto concreto por el que llegamos a un amplio rellano bordeado, de una más que curiosa forma semicircular, por una densa arboleda. Domingo nos contó que antaño, el “Llano de las Brujas” lo formaba la vegetación, que describía todo un circulo a su alrededor. Estaba situado dentro de los terrenos de un antiguo convento de recoletos. Desde aquella planicie, podemos observar a lo lejos su perfecta alineación con La Catedral de La Laguna y con la Iglesia de La Concepción. Un lugar energético por su situación estratégica, desde la que se domina y se dominaba todo el pueblo. Allí se reunían, solo mujeres, para invocar a los cuatro príncipes del infierno. En ocasiones permitían la participación de algún hombre, solo con la intención de consumar así prácticas sexuales prohibidas. Cultos oscuros y noctámbulos, aunque existen datos que apuntan a que algunos se realizaban a plena luz del día.
En medio de aquella loma se percibía, en contraposición con lo que cuenta la tradición, una gran sensación de tranquilidad. A pesar de, nos relataba Domingo, la naturaleza del muro que acabábamos de transgredir. Conocido como el muro del “Diablo”, los lugareños cuentan que siempre que lo reconstruían para impedir el paso de las brujas, éste lo volvía a derruir, abriendo así de nuevo un camino a aquellas que lo adoraban.

Allí, nuestro guía, escribió uno de los capítulos dedicado a la brujería en Canarias, para su libro “Las Noches del Sabat”. Domingo es de la opinión de que aquellas prácticas poco tenían que ver con entes demoníacos. Fruto de sus investigaciones, tiene el convencimiento de que formaban parte de un oculto movimiento de liberación femenina, frente a la opresión de una sociedad eminentemente dominada por el hombre. De ahí que uno de sus ritos principales consistiera en danzar con escasa o ninguna ropa. También el uso de plantas alucinógenas como la mandrágora, el estramonio y la belladona. Estas plantas son ricas en una droga llamada atropina. Su combinación creaba un potente psicotrópico natural que provoca una sensación similar a “flotar en el aire”. De ahí el llamado “vuelo de las brujas”. Si es cierto, que aquella magia tuvo su raíz en la unión de las tradiciones paganas aborígenes de la isla, con otras religiones venidas de Cuba y África. La intención de las practicantes, no solo era transgredir las normas sociales machistas, sino también la represión que la iglesia católica siempre impuso a la imagen de la mujer. El sabat era, nos cuenta Domingo, la cúspide del erotismo diabólico.



Y allí permanecimos unos minutos en silencio. Nos sentamos formando un círculo en el suelo, cogiéndonos las manos. Quién sabe, igual conseguíamos invocar a las sutiles energías que parecían manar de manera natural de aquel lugar. Unos minutos en que alguno de nosotros notó curiosas sensaciones, que de momento dejaremos a la imaginación del lector.

Minutos después, seguimos nuestra improvisada excursión bordeando lo poco que queda en pié de aquel muro del Diablo, con la intención de colarnos por algún otro punto. El camino sube con cierta inclinación, hasta la cima de la loma. Por allí encontramos un acceso por donde volvimos a entran en el interior de aquellos que fueron alguna vez dominios eclesiásticos. En este punto el fuerte viento contrastaba claramente con la calmada brisa que pacía en el llano de “las brujas”. Domingo nos contó que esta era la zona por donde el maligno procuraba un paso libre a sus fieles. La vegetación era aquí más densa.

Pudimos haber seguido aquel sendero y cubrir todo lo extenso de la periferia de aquellos terrenos, pero el sol ya anunciaba retirada. Bajar el camino aquel bordeado de zarzas a oscuras, no era algo que nos apeteciera a ninguno. Así que iniciamos la vuelta, dando así por terminada nuestra excursión.

Domingo García Barbuzano es un reputado periodista y escritor lagunero, experto en folklore y prácticas mágicas canarias. Actualmente es redactor del rotativo tinerfeño El Día. Pero su carrera de difusión de nuestra cultura y costumbres en diversos medios de comunicación es muy dilatada. Ha escrito infinidad de libros entre los que destacan “La Brujería en Canarias”, “Prácticas y creencias de una santiguadora canaria”, “El asentamiento guanche de El Calabazo”, “Historia y tradiciones. El Santísimo Cristo de La Laguna”, “La monja incorrupta del convento de Santa Catalina de La Laguna. Sor María de Jesús”, “Fiesta, hogueras y ritos en Santa Cruz de Tenerife. La noche de San Juan”, “Vida y obra de un ejemplo de autenticidad empresarial Jesús Hernández Guzmán”, y uno del que pronto hablaremos, “El corsario Amaro Pargo”.

Vaya por delante nuestro humilde agradecimiento por su colaboración y por su amistad.

He aquí el artículo escrito por Domingo Barbuzano sobre el particular, para el periódico El Día, en su edición del 31 de julio de 2011, con el título "El Muro del Diablo".

Texto y Fotos: Carlos Soriano

2 comentarios:

.