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lunes, 11 de julio de 2011

Nikola Tesla, el visionario incomprendido

Si los científicos tienen, en ocasiones, una aureola de excentricidad; si son poco conocidos del gran público y, a veces, lo son más por cuestiones anecdóticas o superficiales (la efigie de Einstein con el pelo alborotado y sacando la lengua) que por una comprensión cabal de su trabajo, y si, por supuesto, sus descubrimientos cambian la vida de la humanidad, Nikola Tesla resulta un científico paradigmático.

Tesla (1856-1943) fue excéntrico, es un gran desconocido para la mayoría a la vez que un icono u objeto de culto para una inmensa minoría de conocedores que desbordan con mucho el campo de la ciencia, ha encarnado como pocos el arquetipo del "científico loco" y fue un inventor pertinaz al que se deben algunos de los rasgos de la vida moderna. Y fue también bastante incomprendido, como aquel científico apócrifo, el Fary, del que se reían Faemino y Cansado en uno de sus mejores números. Sobra decir que Nikola Tesla es una figura apasionante.


Un libro reciente nos restituye a este complejo y atractivo personaje: 'Yo y la energía' (Turner), que, como ha dicho José Manuel Sánchez Ron, es, en realidad, dos (o tres) libros en uno. Pues, en efecto, el volumen reúne dos trabajos de Tesla inéditos en español –su autobiografía titulada 'Mis inventos' y el artículo 'El problema de aumentar la energía humana'- junto con una larga (es, de hecho, la más extensa de las tres partes), documentada, apasionada y brillante introducción a cargo del periodista Miguel Ángel Delgado.

Numerosos logros

"Tesla ha terminado encarnando todos los símbolos que atribuimos a la ciencia", escribe M. A. Delgado en esa introducción que, más que un prólogo, es un ensayo en sí misma, y antes de enumerar algunos de sus logros: la invención del motor de inducción polifásico, la aplicación más importante de la corriente alterna; la de una tecnología capaz de iluminar grandes ciudades y enviar la electricidad a miles de kilómetros de distancia, así como posibilitar la construcción de la primera gran central hidroeléctrica del mundo (en las cataratas del Niágara); la exploración de las posibilidades de la 'luz fría'...

Además de eso, Tesla, que tuvo bastante de visionario, se adelantó a su tiempo, alertando sobre la finitud de los recursos energéticos y mostrando una temprana conciencia ecológica. Junto a ese lado respetable e irreprochable de su personalidad, otras facetas de ésta han convertido a Tesla en pasto de los amigos de las pseudociencias y conspiranoicos de variado pelaje. En pocos como él se mezclan el grano y la paja, bien que el grano es mérito suyo y la paja se la han echado encima. Pero nadie es responsable de todo lo que se haga o diga en su nombre.

Tesla, en fin, fue el inventor de la radio, como reconoció en los años cuarenta, cuando él llevaba unos meses muerto, la Corte Suprema de los Estados Unidos. La suya fue, qué duda cabe, una vida exagerada. Este libro nos lo restituye de un modo muy completo y riguroso. Una buena lectura para estos días. Las ciencias también son para el verano.

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