miércoles, 23 de noviembre de 2011

'Si los humanos fuésemos humanistas no estaríamos en peligro de extinción'

Recordaba vagamente lo que un colega sudafricano me había contado acerca de Jane Goodall. Que a la mundialmente famosa primatóloga le gustaba divertirse a costa de los periodistas, especialmente de aquellos que por ser ella una dama del Imperio Británico la saludan ceremoniosamente, con una venia o algo así.

Fue precisamente lo que hice y para mi total desconcierto, Lady Goodall respondió con una sucesión de aullidos en stacatto, los más salvajes que haya escuchado fuera de los límites de un zoológico. Como si fuese lo más natural, la naturalista me explicó que de ese modo la saludaban los chimpancés que ella estudió en el parque de Gombe (Tanzania), hace unas cinco décadas.
Goodall fue invitada por la Fundación Azara –una institución asociada con la Universidad Maimónides de Buenos Aires- a dictar una conferencia sobre los peligros que acechan a los pocos espacios naturales que van quedando en el planeta.

El título de la charla, 'Haciendo la Diferencia', implica que cada persona puede contribuir a la preservación de su propio entorno, ya sea un suburbio de Londres o un glaciar en la cordillera del Perú. Pero su mayor preocupación es por los bosques tropicales de África y Sudamérica. Especialmente los de Tanzania, donde en los años 60 observó cómo un macho adulto –al que bautizó como David Greybeard (barba gris) preparaba una rama para 'pescar' termitas en su nido.

Un descubrimiento revolucionario

Aquel descubrimiento revolucionó al mundo de la ciencia pues se suponía que sólo los humanos somos capaces de producir herramientas. Por entonces, Jane era una jovenzuela de 23 años, sin ninguna preparación académica. Pese a ello, su mentor, el paleontólogo Louis Leakey, le había asignado la tarea de estudiar el comportamiento de los primates en su propio entorno, con el fin de hallar alguna pista sobre la conducta de nuestros ancestros, los primeros homínidos.

"Luego de leer mi informe y ver las fotografías, Leakey me miró fijamente y me preguntó, medio en broma, si me daba cuenta del lío en que lo había metido a él y a sus colegas, pues a partir de esos registros habría que buscar nuevas definiciones sobre lo que nos separa y nos hermana con nuestros parientes más cercanos en el reino animal".

Aunque la mayor parte de su tiempo lo dedica a impulsar las actividades del Instituto Jane Goodall, la heroína de mi niñez, a la que conocí a través de las páginas del National Geographic, no descuida el tema que la llevó a la fama. "Gracias a los avances de la ciencia hoy disponemos de mejores herramientas para conocer a los chimpancés. Por ejemplo, el estudio de su ADN demuestra que comparten con nosotros el 98% de los genes. Es decir, son mucho más parecidos a nosotros que al resto de los primates. Por eso a veces pienso que las personas que consumen carne de chimpancé, no por necesidad apremiante sino por considerarla una exquisitez, son prácticamente unos antropófagos".
Animales astutos

Está probado que los chimpancés superan ampliamente a otros animales en pruebas de laboratorio, como la clásica prueba de introducir objetos en los espacios que corresponden a su forma. Pero en opinión de Goodall, lo más notable desde el punto de vista evolutivo es su inteligencia social y emocional.

"Vayamos al caso de Aí (Amor en japonés), una chimpancé muy aficionada a los videojuegos. Ella logra muy buenos resultados con las figuritas que se mueven en la pantalla. Sin embargo, a veces no está conforme con el puntaje e insiste en probar de nuevo, sin que su tutor la incentive por medio de bananas o golosinas". Desde luego, la competitividad sería biológicamente funcional entre los machos de la especie, pero aquí vemos una hembra que no es sólo competitiva, sino que los es con ella misma.

Esos rasgos tan "humanos" son los que han fascinado a Goodall desde que se internó por primera vez en la selva. Según esta naturalista de 77 años, de finas facciones y gestos serenos –menos cuando imita a sus amigos selváticos- en su hábitat natural los primates exhiben casi la misma variedad de conductas primarias que los humanos.

"Debo decirle que otros investigadores menos apasionados que yo le dirían lo mismo. Los chimpancés se abrazan, se besan e incluso se dan palmadas en la espalda en señal de aprobación o de solidaridad. ¡Si hasta tienen sentido del humor! No es tan sorprendente que compartan estas habilidades sociales con nosotros si se piensa que la infancia de un chimpancé, la etapa en que aprende a socializar, es de cinco años. Larguísima si se la compara con la de otros mamíferos", dice la investigadora.

Una demostración elocuente de la capacidad de los chimpancés de percibirse como individuos, se obtiene al enfrentar a un espécimen con el reflejo de su imagen en el espejo. "Jonathan (un chimpancé nigeriano) se quedó un buen rato mirándose de frente y de perfil, igual que un varón coqueto de nuestra especie. Le pusieron un pote de pigmento sobre la mesa ¡y él aprendió fácilmente a maquillarse!", relata Goodall.

El 'buen salvaje'

En este punto, el periodista le pregunta si la tendencia que todos tenemos de 'humanizar' a nuestras mascotas e incluso a los objetos inanimados, no interfiere en el trabajo de sus colegas con los chimpancés. Si no se los idealiza como criaturas inteligentes y bondadosas. "Sin duda, cuando comencé a trabajar con los chimpancés yo tenía un concepto ingenuo de ellos. Los veía como Rousseau cuando describía al "buen salvaje" humano, que vive al margen de la perversión de la sociedad moderna".

"Ciertamente, me horroricé al descubrir en ellos ciertas manifestaciones de violencia. Ahora sabemos a ciencia cierta que los chimpancés no sólo ejercen la violencia individual cuando compiten por el alimento y por el dominio de su clan. También son capaces de entablar guerras con grupos rivales. Seguramente, los chimpancés y los humanos heredamos esos atributos poco simpáticos de un ancestro común", señala mi interlocutora.

A Jane Goodall no le sorprende que los animales con los que compartimos el planeta reciban tantos malos tratos de parte de los humanos. Si el hombre es capaz de los actos más aberrantes con los de su propia especie, si destruyen sistemáticamente su entorno vital, ¿qué se puede esperar de su actitud hacia otros seres? "Si los humanos fuésemos verdaderamente humanistas, los chimpancés de Borneo, los gorilas de la Niebla y nosotros mismos, no estaríamos en peligro de extinción", concluye Jane Goodall.

Fuente:
El Mundo

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