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jueves, 7 de febrero de 2013

Ripollès o los orígenes míticos de Cataluña

1. Hijos de Gaudí y galletas patrióticas

El modernismo fue como el champú de caballo: la moda explotó y nada la pudo parar. Desde Barcelona, las garras del movimiento se extendieron por el resto del territorio, a las segundas viviendas que los capitalinos tenían lejos de la Ciudad Condal. Camprodón fue uno de los pueblos en los que aterrizó, gracias en gran parte al Dr. Robert, un reputado médico barcelonés al que le chiflaban sus aguas. El turismo médico dio paso a un turismo rural más lúdico y cien años después de aquello, la villa presume de casoplones modernistas (y de otros estilos más libres) en el Passeig de la Font Nova o en el de Maristany, más asilvestrado. También hay mucha piedra vieja, la mayoría amontonada en el puente sobre el río Ter (medieval, muy cinematográfico) o en el monasterio de San Pedro, románico bastante maltrecho. Por cierto, aquí se fabrican las galletas Birba, un elemento vertebrador de las infancias catalanas.

2. Un canelón pecaminoso y un cristo bizantino

El que tenga ganas de charlar con alguien, mejor que no se acerque a Beget: el pueblo sólo cuenta con 11 habitantes. Once almas y un restaurante muy potente, el Canjeroni donde le dan a la comida catalana con las moderneces justas y echando mano de los productos más cercanos. ¿Por ejemplo? Su estofado de potro del Molló con puré de patatas es una revelación. Sus canelones -el de Fiesta Mayor con aromas a butifarra o el de boletus con crema de ceps- son también un pequeño escándalo. Tras el pecado de la gula, se puede hacer penitencia ahí mismo, frente al Cristo bizantino (crucificado, enfurruñado y bien abrigado) de la iglesia de San Cristòfol, románica y con un campanario exageradamente alto.

3. Conde Arnau, ese hombre malo

Lo pilla Tim Burton y lo convierte en un icono de la cultura siniestra. El Conde Arnau es posiblemente el más famoso de los mitos catalanes y es de todo menos ñoño: un tipo malvado y encabronado que, una vez muerto, se dedica a vagar por el Ripollès cabalgando un caballo en llamas. La comarca está salpicada de rincones en los que perpetró tal o cual fechoría. El primero y más importante es el Centro de Interpretación del Palacio de la Abadía en Sant Joan de les Abadesses, volcado en el reverso más místico de la comarca. Le sigue el Centro de Interpretación de Montgrony, más seriote. A pesar de su nombre, el Museo del Conde Arnau en Gombrèn se centra en los hallazgos hechos en el castillo de Mataplana (ver siguiente punto) y contextualiza la época en la que vivió Arnau.

4. Castillo con olor a azufre

Hace veintipico años, el ciudadano Eudald Maideu descubrió una madriguera de conejo mal orientada en una loma de sus terrenos, cerca del pueblo de Gombrèn. Miraba hacia el norte, cuando estos mamíferos las construyen de cara al sur, al sol que más calienta. Extrañado, Maideu comenzó a excavar y se encontró con un castillo. En serio. Era la fortaleza de Mataplana, un edificio que se creía desaparecido y en el que, durante siglos, habitaron personajes ilustres de la comarca. Aún así, todo el mundo vincula el castillo con el personaje ficticio del Conde Arnau: éste era su refugio, su guarida y el lugar en el que tramaba fechorías. La fortaleza, totalmente desenterrada y recuperada, forma un dueto glorioso con la diminuta ermitilla de Sant Joan, sobre todo cuando otoñea o caen los primeros copos de nieve del invierno.

5. Santuario construido en lugar imposible

El otro paisaje espectacular intimísimamente ligado a la leyenda de Arnau (y también próximo a Gombrèn) es el Santuario de Montgrony, un conjunto de edificios de piedra encajados toscamente en las cicatrices de una colina de roca pura. El más valioso de todos ellos es la iglesia de Sant Pere de Montgrony, románica del siglo XII, recogida, humilde y de líneas sencillas. Es lógico: bastante tuvieron los canteros con trabajar en este lugar remoto como para idear florituras. Bajo ella, se encuentra el resto de construcciones del santuario y el Centro de Interpretación del Montgrony, un espacio recién nacido (se inauguró en la primavera del año pasado) que bucea en la leyenda de Arnau pero también en el más importante mito fundacional de Cataluña: Otger Cataló, uno de los guerreros que arrancó estos territorios de los musulmanes y es considerado papá de la patria catalana. Lo ideal es subir al Montgrony en un día... llamémoslo complicado. Con rayos, truenos, niebla, lluvia, oscuridad o, rizando el rizo, nieve. De esta forma se sacrifican las panorámicas pero la atmósfera del lugar gana una tonelada de atractivo.

6. El convento de las meretrices

Casi mejor que lo primero del viaje sea acudir a San Joan de les Abadesses. Primero, porque allí está el centro de interpretación al que hacíamos referencia en el punto tres. Toda la información que no ha cabido en este reportaje se encuentra allí. Segundo, porque se levanta el monasterio homónimo, un complejo medieval que, más allá de su importancia artística, está vestido de un morbo muy especial. Lo que hay que ver: el claustro de finísimas columnas, la iglesia románica, oscura y opaca, que parece una nave espacial y el calvario del altar. El Jesucristo de la escena guarda un secreto en su frente, un pequeño relicario oculto que durante siglos guardó dos fragmentos de la Santa Cruz y una hostia que permaneció incorrupta durante dos años. Pregunte por la historia de las «meretrices de Venus», a ver qué le cuentan. Pregunte, pregunte.

7. Como Manhattan pero en bajito

Hay que verlo sí o sí. España está plagada de edificios románicos y todos ellos se jactan de ser importantísimos, imprescindibles, necesarios. El Monasterio de Santa María de Ripoll, también, pero esta vez va en serio. A pesar de su deslucido aspecto exterior, Santa María es un románico ultra exquisito (de lo más suntuoso del sur de Europa) y contundente, con sus siete ábsides, dos campanarios y una superficie total tan amplia que atonta. El monumento es gigantesco, vale, y durante la Edad Media se convirtió en una especie de Nueva York al que todo el mundo acudía para estar a la última en cuestiones teológicas, astronómicas o culturales. Aquí estaba una de las mejores bibliotecas del Viejo Continente y hasta aquí llegaron los mejores artesanos para tallar toneladas de piedra. Y en el claustro, pues lo mismo, sobre todo en las columnas de la parte norte, donde pueden apreciarse las sirenas con las colas bien abiertas o un pequeño ejército de ángeles que vuelan como si fueran superhéroes.

8. Seres sórdidos, castillo rotito

La fisonomía de Ribes de Fresser es espigada, partida en dos y con las casas escalando como pueden las laderas próximas. En Ribes hay que echar un vistazo al castillo, que está muy desmochado pero encierra tras los pocos muros que permanecen en pie una historia brutal y alucinógena: la de los restos óseos de personas pequeñas que encontraron enterradas en su interior en 1987. Cuando los investigadores tiraron del hilo descubrieron el nombre de Miguel de Moraíta, un periodista que en 1881 visitó la localidad y halló en la fortaleza a una comunidad de seres enanos con ojos achinados, que no se sabía si eran hombre o mujeres y que convivían con animales de granja. Escribió sobre ello, se publicó y se armó un lío fenomenal al denunciar que en la avanzadísima España de finales del XIX existieran tales pruebas de subdesarrollo.

Fuente:
El Mundo

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