martes, 30 de julio de 2013

El mapa que borró a los habitantes de la Luna


Mapa lunar de John Russell. | EM

La cartografía lunar, o selenografía, experimentó un gran avance en el siglo XVIII gracias al trabajo del alemán Johann Tobias Mayer, quien buscaba en la Luna un punto de referencia útil para la navegación en alta mar. Al margen de esta aplicación práctica, el interés científico por representar con exactitud al satélite terrestre siguió dando sus frutos durante las últimas décadas del llamado 'siglo de las luces' y primeras del XIX. Las matemáticas de la época ya podían predecir con exactitud la órbita lunar, pero la geología no había determinado aún qué clase de orbe era realmente: ¿Caliente o helado? ¿Cambiante o inerte? ¿Habitado o desértico? En resumen: ¿Vivo o muerto?


Otro fanático de la selenografía fue el abogado alemán Hieronymus Schröter, que detectó decenas de nuevos accidentes geográficos lunares -uno de los cuales lleva ahora su nombre- y publicó, en 1790, un detallado atlas en el que se empleaba por primera vez la palabra cráter.

En aquel tiempo, se creía que la Luna experimentaba erupciones volcánicas a menudo, y el célebre astrónomo William Herschel creía haber detectado tres de ellas tan solo tres años antes. A esta errónea tesis científica se unía el problema de que Schröter, pese a su gran esfuerzo y dedicación, no era un buen dibujante.

De hecho, sus mapas eran tan inexactos que él mismo creyó ver cómo algunas partes de la Luna habían cambiado, lo que atribuyó a una civilización selenita. La idea de que el satélite, al igual que la propia Tierra, podía albergar vida inteligente, gozaba de una amplia tradición, pero pronto sería desterrada para siempre del discurso científico.

La obra que puso fin a todas estas especulaciones fue 'Der Mond nach seinen kosmischen und individuellen Verhältnissen' (La Luna y sus condiciones cósmicas e individuales), de los alemanes Wilhelm Beer y Johann Mädler.

Publicado en 1837, tras cuatro años de duro trabajo, pronto se convirtió en el libro de referencia de la selenografía y aún hoy está considerado como el trabajo lunar más importante de todo el siglo XIX. De hecho, hubo que esperar a la invención de los cohetes y el inicio de la carrera espacial para que se produjeran los siguientes avances significativos en nuestra comprensión científica del satélite.

El satélite no puede albergar vida

Beer, un rico banquero aficionado a la astronomía, levantó un observatorio privado en Berlín en 1829 y puso al frente del mismo a Mädler, un apasionado de los cielos que se había quedado huérfano a los diecinueve años con tres hermanas pequeñas de las que cuidar y, desde entonces, se ganaba la vida impartiendo clases particulares.

Ambos dejaron establecido, de una vez por todas, que la Luna "no es una copia de la Tierra". Allí no hay ingenieros que transformen el paisaje, ni animales, ni ningún tipo de vegetación. De hecho, en 'Der Mond' se indicaba con claridad que el satélite terrestre no posee agua ni aire, tal y como mostraba el hecho de que las manchas lunares no cambiaran nunca.

Junto a esta obra, Mädler y Beer también realizaron el mapa más exacto que se había hecho hasta el momento de las irregularidades lunares, reflejadas con un cuidado estético comparable al de Russell y una precisión científica sin precedentes. Tras la aparición de esta monumental obra, muchos dieron por concluido el estudio de nuestro satélite.

Una de las pocas personas que siguió observándolo de un modo riguroso fue el también alemán Julius Schmidt, director del Observatorio de Atenas, que en 1878 publicó el atlas lunar más completo jamás dibujado. En aquel momento ya se habían tomado varias fotografías de la Luna a través de telescopios; la primera de ellas data de 1839 y es un daguerrotipo realizado por John William Draper, quien más tarde presidiría la Asociación Fotográfica Americana.

Prevalece la teoría de Schmidt

Pero las imágenes reales del siglo XIX aún no ofrecían tantos detalles de interés científico como el cuidadísimo mapa de Schmidt, en el que se destacaban más de 33.000 cráteres. Por ello, este trabajo mantendría su vigencia hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando apareció el mapa fotográfico del astrónomo estadounidense de origen holandés Gerard Kuiper.

Schmidt conocía bien la Luna, tanto a través de su telescopio como gracias a los mapas de Mädler y Beer, y había creído ver, en 1866, cómo se reducía considerablemente el tamaño del cráter 'Linne', llamado así por Madler en honor al botánico Carlos Lineo.

Herschel dio credibilidad al hallazgo de todo un experto en selenografía, como era Schmidt, y postuló que un terremoto había derruido las paredes del cráter y este había sido inundado por lava. Sin embargo, lo más probable es que Schmidt se precipitara en sus observaciones, aunque el motivo concreto de su error sigue siendo un misterio.

Pese a la aparente quietud e inmutabilidad del satélite terrestre, lo cierto es que varias veces se han observado fenómenos lunares transitorios (TLP, por sus siglas en inglés), pero no se tiene constancia de ningún cambio permanente como el anunciado por Schmidt.

La sonda estadounidense Clementine demostró en 1999 que los TLP aún ocurren con cierta frecuencia en regiones como el 'Vallis Schöteri' (llamado así por Hieronymus Schröter),junto al cráter 'Aristarchus'. Un año después, Audouin Dollfus publicó un artículo en el que explicaba el descubrimiento de otro fenómeno similar en el cráter 'Langrenus'.

De nuevo la mirada puesta en la Luna

El hallazgo se había producido en 1992 desde el telescopio Meudon del Observatorio de París y, por lo tanto, es el primer TLP científicamente incontestable de la historia. Estos fenómenos se deben a chorros de gas que escapan del subsuelo del satélite tras un terremoto, y suelen producir un destello de luz que aparece de repente sobre la faz de la Luna y enseguida se desvanece. También se ha sugerido que algunos de estos fenómenos pueden deberse a meteoritos que se hacen añicos y se evaporan tras colisionar con la Luna.

El caso del cráter menguante detectado por Schmidt provocó una nueva oleada de interés por la Luna, la cual, de repente, volvía a aparecer como un mundo vivo y cambiante. En este contexto, el astrónomo, periodista, cronista parlamentario y crítico teatral inglés Edmund Neison -cuyo verdadero nombre era Edmund Neville Nevill- fundó la Sociedad Selenográfica y escribió un libro fundamental sobre la materia, publicado en 1876.

Esta obra, llamada 'The Moon and The Condition and Configuration of its Surface' (La Luna y la condición y configuración de su superficie) fue una de las que manejaron los científicos de la NASA cuando tuvieron que elegir los sitios de alunizaje del programa 'Apollo'.

Neison se hizo cargo del Observatorio de Durban, en Sudáfrica, y desde allí estudió la órbita y libraciones lunares, poniendo a prueba todas las teorías vigentes sobre nuestro satélite. Aficionado al tenis, se casó con una de las profesionales de este deporte más prestigiosas del momento, la sudafricana nCe Mabel Grant, quien solía ayudarlo en sus investigaciones astronómicas.

Neison fue también un apasionado de la astronomía e historia de la antigua Babilonia, una de las primeras culturas que estudió de forma sistemática el firmamento. Se sabe que escribió varios libros y novelas sobre esta civilización, todos ellos inéditos.

El impacto de los meteoritos

Sin embargo, al margen de Neison y sus colegas de la Sociedad Selenográfica, pocos prestaban atención a la Luna a finales del siglo XIX. Cuando el geólogo estadounidense Grove Karl Gilbert descubrió que los cráteres lunares se deben a impactos con meteoritos, y no a actividades volcánicas, tuvo que publicar su hallazgo en el boletín de la Sociedad Filosófica de Washington, una revista que muy pocos astrónomos leían.

De hecho, el artículo de Gilbert, redactado a finales de 1892, pasó inadvertido durante décadas, hasta que fue rescatado en plena carrera espacial por llegar a la Luna. Desde entonces, está reconocido como uno de los grandes trabajos científicos en relación con nuestro satélite, ya que resolvió un problema que había coleado durante milenios: el origen de las manchas lunares.

Platón y Aristóteles habían teorizado que la Luna era una esfera perfecta, una tesis que resistió el paso del tiempo hasta que Galileo la desmontó con su telescopio.

Tan sólo unas décadas después de que Galileo revolucionara la astronomía, concretamente en 1665, el gran científico y polemista Robert Hooke publicó su obra 'Micrographia', en la que describía, por primera vez, una serie de experimentos destinados a averiguar la naturaleza de los cráteres lunares.

El astrónomo inglés lanzó balas sobre un preparado de arcilla y observó que los agujeros que quedaban eran muy distintos a las irregularidades que mostraba la Luna, por lo que desechó que estos se hubieran formado por impactos con otros objetos estelares. Hooke, como otros científicos de su tiempo, fue un gran enemigo de Newton.

De hecho, argumentaba que Newton le había robado la idea de que la gravedad varía en proporción al cuadrado de la distancia. Al oír esto, Newton eliminó las referencias a Hooke que había incluido en las primeras ediciones de su obra magna, los 'Principia Mathematica', y, según cuenta la leyenda, quemó todos los retratos de su rival.

Solo dos respuestas

En su experimento, el autor de 'Micrographia' hirvió en una sartén un compuesto de yeso y observó cómo estallaban las burbujas, que hacían las veces de volcanes en miniatura. Al parecer, las marcas que estas dejaban se parecían más a los cráteres lunares, por lo que llevaron al científico a la conclusión equivocada.

Curiosamente, y pese a que le acabara induciendo a error, la elección del material no fue nada desacertada: cuando el astronauta del 'Apollo 14' Edgard Mitchell vio la Luna, exclamó: "Parece que ha sido moldeada con yeso". De un modo u otro, el trabajo de Hooke sentó las bases sobre las que el problema seguiría debatiéndose hasta bien entrado el siglo XX, ya que las únicas opciones que se barajaron desde que se publicara este experimento fueron las dos que el inglés había propuesto como hipótesis: o impactos con meteoritos o actividad volcánica.

Más de dos siglos después de los pioneros experimentos de Hooke, Gilbert, cuyas investigaciones pasaron desapercibidas en un primer momento, llegó a la conclusión de que los meteoritos eran los responsables no sólo de los cráteres, sino también de las regiones lunares denominadas mares.

En efecto, tal y como confirmarían después sobre el terreno los astronautas y científicos del programa Apollo, se trata de valles generados por grandes colisiones. El informe de Gilbert, titulado 'The Moon’s Face, A Study of the Origin of its Features' (La cara de la Luna, un estudio del origen de sus rasgos), incluía un dibujo del cráter Clavius, donde se mostraba cómo cráteres más jóvenes y pequeños habían aparecido sobre la depresión original. Si podía haber varios cráteres dentro de otro cráter mayor, estaba claro que no podía tratarse de aperturas volcánicas, sino de sucesivos impactos de metoros de distinto tamaño.

Poco a poco, se iba arrojando algo de luz sobre los misterios del satélite terrestre, aunque las mayores sorpresas estaban aún por llegar. Mientras Gilbert y otros pocos enamorados de la Luna proseguían en silencio con sus estudios, algunos empezaron ya a soñar con estruendosos cohetes capaces de surcar los cielos. La antiquísima relación de nuestra especie con el espacio exterior estaba a punto de cambiar para siempre.

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