domingo, 1 de febrero de 2015

La leyenda de la casa encantada con duendes que exorcizó la Inquisición

Si caminando por la calle Princesa, a la altura del Palacio de Liria les sorprende un duende no se asusten... o sí. Se supone que desaparecieron de la zona cuando se derribó la llamada casa del Duende que había en la esquina con la calle Conde Duque. El edificio fue derribado por el pavor que estos pequeños seres infundieron en el Madrid del siglo XVIII. Pero no su macabra historia.


La leyenda sitúa esta casa encantada muy cerca de los cuarteles del Conde Duque. Un edificio que en sus sótanos acogía cada noche a lo más granado de la delincuencia y la marginalidad en un local que servía de taberna. Cierta madrugada, sus clientes se enzarzaron entre gritos e insultos a cuenta de las trampas que uno de ellos había realizado jugando a las cartas. En mitad de la disputa por el reparto de las ganancias del juego, apareció, sin saber cómo ni cuándo, un enano exigiéndoles que guardaran silencio y desapareció tan rápido como un relámpago.

Tras el primer impacto, los alterados jugadores atrancaron la puerta por la que había aparecido y continuaron, ajenos a lo que acababa de suceder, con su trifulca. Ante los gritos, salió otro duende con aspecto monstruoso que amenazó a los hombres si no se callaban. Tan deprisa como el anterior, desapareció. Más asustados, decidieron cerrar a cal y canto todas las puertas para impedir la entrada de cualquier ser extraño.

Confiados en que ya nadie les molestaría en su ajuste de cuentas siguieron con su alboroto. Irritado, salió otro de estos «enanos diabólicos» a recriminarles su actitud y los alborotadores se echaron encima de él sin poder prenderle. Más tímidos continuaron con el juego y, hartos del desafío, salieron veinte duendes, apagaron las luces y armados con látigos se liaron a golpes con los irreverentes jugadores que huyeron despavoridos abandonando el dinero.

La incrédula marquesa de Hormazas
Tiempo después de aquel mágico suceso que llenó de rumores los mentideros de la Villa, compró la ya conocida como Casa de los Duendes la marquesa de Hormazas. La culta y noble mujer, desafiante a los temores del pueblo, decidió instalarse en ella. Sin embargo, pronto fue víctima de las diabluras de estos personajes. Durante la mudanza a su nuevo hogar ordenó a su mayordomo que fuera a encargar cortinas nuevas para sus estancias. Justo cuando su sirviente salió por la puerta, los duendes se presentaron con la tela –con el dibujo y los colores solicitados–. Del susto, la marquesa se desmayó y al despertarse las cortinas no sólo estaban cosidas sino que ya colgaban sobre las ventanas.

Presa de pánico, mandó llamar a su confesor y cuando aún no habían llegado sus emisarios al convento, un duende entro por la puerta de la casa acompañado del fraile que había solicitado. Aterrorizada por los hechos, la incrédula marquesa de Hormazas salió disparada de la casa y no volvió jamás a ella, lamentándose toda la vida de no haber hecho caso de lo que decían los vecinos del barrio.

El canónigo escarmentado
Pero, lejos de concluir ahí la leyenda de estos misteriosos seres, sus apariciones en la casa continuaron con el siguiente de sus inquilinos: el canónigo Melchor de Avellaneda. Años después de que la marquesa abandonara la propiedad, el religioso entró a vivir riéndose de la leyenda que atormentó a sus antiguos dueños. A los pocos días de habitarla, mientras escribía plácidamente una carta al obispo pidiéndole uno de sus libros, no acabó de escribir el título en la misiva cuando entró uno de los duendes cargado con el ejemplar que quería. Escarmentado por su atrevimiento, el canónigo puso pies en polvorosa y nunca más se le volvió a ver por Madrid.

La casa abandonada se convirtió entonces en refugio de prófugos y delincuentes que se escondían allí, ante el temor que infundía a todo el mundo, para huir de la Justicia. El vecindario escandalizado solicitó a la Iglesia que ordenara exorcizar la casa por lo que tenía de «infernal y mágica».

A la caza de los duendes
Según recoge Ricardo Sepúlveda en el libro Madrid Viejo (de 1887) la demanda del vecindario fue aceptada por el Tribunal de la Santa Fé. Sin pruebas que demostraran la presencia de los duendes, la Inquisición ordenó exorcizar y asaltar la casa para atrapar el duende, descuartizarlo y quemar sus restos en la hoguera.

A la mañana siguiente, ante la presencia del obispo de Segovia, armados de picos, palas, látigos y porras la gente esperó la orden del Santo Oficio para entrar en la casa y coger al duende. Previamente regaron de agua bendita la fachada y acto seguido entraron a la caza de los seres misteriosos. Sin embargo, sólo salieron corriendo de sus sótanos los malhechores que se refugiaban en ellos. No quedó cuarto, ni desván, ni cueva ni pozo que no se registrara. Pero, ni rastro de los duendes.

La casa quedó abandonada hasta que fue derribada a finales del siglo XIX. Nadie se atrevió a habitarla. Cuentan que el terreno olía a azufre y que algunos sembraron de sal el solar para evitar que nada creciera en él. Ni siquiera los duendes de la leyenda...

Fuente:
ABC

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