lunes, 25 de mayo de 2015

La misteriosa misión en el Ártico de los últimos soldados de Hitler

Frío, hambre, desesperación y desconcierto. Todo eso –y otras tantas cosas más- es por lo que debieron pasar la media docena de soldados nazis que, en septiembre de 1945 –cuatro meses después de que Alemania capitulase ante los aliados-, se rindieron a un barco ballenero noruego en una perdida isla cercana al Ártico. De esa forma dieron por finalizada una misteriosa misión que había ocupado sus vidas durante más de un año y que, en contra de lo que afirma la leyenda negra, se basaba en recoger datos meteorológicos de forma secreta para que Adolf Hitler planeara sus invasiones sin que una tormenta molestara a sus tropas. Un cometido trascendental que se extendió en el tiempo más allá del fin de la contienda y que permitió a estos germanos convertirse en los últimos combatientes de su país en entregarse al enemigo.


Este curioso suceso es uno de tantos que se pueden hallar en «Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial», el último trabajo del historiador y periodista Jesús Hernández. Autor de obras tan conocidas como «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», el español ha decidido mantener un estilo basado en los pequeños relatos para captar el interés del lector. Aunque eso sí, cada uno de ellos sustentado en datos estrictos y contrastados tras una profunda y extensa investigación histórica.

«Mi nuevo libro, aunque pueda parecer un simple libro de anécdotas, va mucho más allá. Contiene datos tan curiosos y sorprendentes como significativos, y ofrece información que no suele aparecer en los libros de historia. Por ejemplo, el hecho de que los Aliados gastasen más dinero en cigarrillos que en balas, que la mayoría de los soldados que participaron en una batalla no llegaron a disparar ni una vez o que, en un combate intenso, la mitad de los soldados se orinaba y la cuarta parte se lo hacía en los pantalones... Por tanto, creo que mi obra supera el concepto de anecdotario, proporcionando una nueva y estimulante visión de la contienda», explica, en declaraciones a ABC, el propio autor.

La batalla del clima, el origen de todo
Lejos de ser una mera curiosidad, la meteorología fue de vital importancia durante toda la Segunda Guerra Mundial. No era para menos, pues conocer donde caería una caprichosa lluvia o una molesta granizada permitía a los jefazos de chaqueta de cuero y esvástica tomar decisiones tales como qué día era el idóneo para desembarcar en una playa o qué jornada era la mejor para enviar una gigantesca operación aérea. Esta necesidad de información sobre el tiempo hizo que los contendientes iniciaran una auténtica guerra meteorológica a pocos kilómetros del Polo Norte -una ubicación ideal para prever la influencia de los vientos sobre las condiciones climatológicas del Atlántico Norte- por la supremacía de la información atmosférica.

«La información meteorológica tenía una importancia vital, tanto para los alemanes como para los aliados. Hitler fijó posteriormente el momento de atacar en las Ardenas en base a la información que le llegó de la estación meteorológica de las islas Spitzbergen. Por su parte, los aliados lanzaron el desembarco en Normandía tras saber que contarían con una tregua en el temporal que azotaba la región. Sin la información meteorológica no se entenderían buena parte de las decisiones que se tomaron a lo largo de la guerra», añade Hernández.

Los primeros en posicionarse por aquellos helados páramos fueron los estadounidenses, quienes –allá por 1941- arribaron al sur de Groenlandia y establecieron en la zona una base desde la que estudiar el clima. En principio recibieron la ayuda del gobierno local, el cual creó varias patrullas de esquiadores daneses, noruegos y esquimales con la orden de informar en el caso de que vieran algún símbolo nazi en el horizonte. A pesar de que, en los mese siguientes, las cosas anduvieron tranquilas, finalmente estos vigías terminaron dándose de bruces contra una unidad alemana ansiosa de instalar su propia estación en el lugar el 13 de marzo de 1943 . Malas noticias para los americanos.

La situación empeoró cuando los soldados del Tío Sam se enteraron de que los nazis habían construido ya -como auténticos posesos- la estación meteorológica en la misma Groenlandia. Al tener noticias, los oficiales estadounidenses tomaron una decisión muy americana: enviar un avión cargado hasta los topes de explosivos y lanzar bombas sobre el edificio hasta que dejase de emitir aquella información de vital importancia para el enemigo. Lo cierto es que el plan (el cual no fue tampoco una muestra de ingenio y estrategia) salió a la perfección y los nazis abandonaron a la carrera la zona. Sin embargo, si por algo se destacaban los germanos era porque, cuando se les metía una idea en la cabeza, hacían todo lo posible por cumplirla. Estarían vencidos de momento, pero querían ganar la guerra del clima.

La «Operación Haudegen»
Ese mismo año, los alemanes volvieron a la carga. Sabedores de la importancia táctica de la información meteorológica, las fuerzas armadas germanas solicitaron 70 voluntarios para llevar a cabo una misión secreta que, posteriormente, sería conocida como «Haudegen» («Estocada»). La operación era tan misteriosa que los mandos se limitaron a describirla como «una misión muy especial en una zona muy fría». La realidad, sin embargo, era algo diferente, pues la «Kriegsmarine» (la marina de guerra alemana) y la «Luftwaffe» (la fuerza aérea) pretendían enviar un equipo de militares hasta la deshabitada isla Spitzbergen (ubicada entre el océano Ártico, el mar de Barents y el mar de Groenlandia). La finalidad, nuevamente, era lograr que un pequeño grupo instalase una base en la región y, sin ser descubiertos, enviaran periódicamente información atmosférica a los hombres del «Führer».

«Los voluntarios que respondieron al llamamiento recibieron entrenamiento en los Alpes, preparándose para las bajas temperaturas que deberían soportar en el Ártico. Se les adiestró para desplazarse por la nieve y construir iglús, pero también se les enseñó las habilidades necesarias para vivir largos períodos de aislamiento, como sacar una muela, curar heridas de bala, o amputar extremidades congeladas. No se les comunicó a dónde iban a ser enviados, ya que se quería mantener en secreto la misión», señala el historiador en su libro. A su vez, se les informó de que, una vez en la zona de operaciones, no podrían comunicarse con sus familias hasta su regreso.

El viaje hacia Spitzbergen
Una vez que se seleccionó a los 10 «afortunados», los oficiales seleccionaron al jefe de la operación. El escogido fue Wilhelm Dege, con estudios –entre otras cosas- en Geología y Geografía y que, a sus escasos 33 años, ya había pisado en varias ocasiones el Ártico. Este barbudo experto ataviado siempre con sus inseparables gafas redondas conocía también el idioma local a la perfección, por lo que la «Wehrmacht» no tuvo problemas a la hora de tomar la decisión. Seleccionado el mandamás, el 5 de agosto de 1944 la expedición inició su viaje desde el puerto de Sassnitz (ubicado al norte de Alemania).

«Llevaban víveres para tres años y los instrumentos necesarios para llevar a cabo su labor científica, así como el armamento necesario para poder defenderse en caso de ataque aliado: seis ametralladoras, doce fusiles, diecinueve pistolas y trescientas granadas. Además, llevaban con ellos cuatro rifles especiales para cazar osos», añade Hernández en su obra. La expedición hizo su primera parada en Narvik (actualmente, al norte de Noruega) y, desde allí, llegaron a su destino el 13 de septiembre de ese mismo año.

Al servicio del Reich y de la meteorología
Ya en Spitzbergen, y dichosos por no haber sido descubiertos por los soldados americanos, Dege y sus hombres instalaron la base (la cual se correspondía con una serie de barracones prefabricados que sólo hubo que bajar del buque). A su vez, y ya informados de los objetivos que debían cumplimentar para Hitler, pusieron a punto sus instrumentos de medición meteorológica.

«El grupo comenzó entonces a desarrollar su trabajo diario, que comenzaba a las siete de la mañana y les ocupaba hasta las seis de la tarde. Después de transmitir puntualmente los mensajes a Berlín a las ocho de la tarde, los miembros de la expedición cenaban y pasaban un rato de esparcimiento, ya fuera cantando, leyendo los libros de la biblioteca, o con algunas copas de licor, hasta las 11 de la noche, cuando debía retirarse a dormir», completa Hernández.

«Con mucha frecuencia salíamos de patrulla. Dichas patrullas también tenían la misión de explorar el terreno de la zona norte de la isla, con objeto de lograr información científica. Teníamos contacto permanente con la patria y estábamos al corriente de la situación», narró, posteriormente, el propio Dege en declaraciones recogidas por el diario ABC en la década de los 70.
A pesar del carácter científico de su trabajo, lo cierto es que las condiciones eran algo penosas para este grupo de germanos, aunque eso no les impedía pasar buenos ratos e, incluso, recibir alguna clase por parte del oficial al mando, a quien sus veinteañeros compañeros escuchaban atentamente cuando les impartía conocimientos sobre literatura, geografía o ciencias.

El final del Reich
Al tener periódicamente noticias de lo que sucedía en la vieja Europa, no tardaron en conocer los difíciles momentos que atravesaba el Tercer Reich desde la derrota en Stalingrado, el momento clave que hizo pasar a sus camaradas a la defensiva y empezar a retirarse hasta Berlín. A pesar de ello, el valor que su trabajo tenía para Alemania provocó que, desde el gobierno, se les solicitara postergar su misión en 1945. «Nos preguntaron desde Oslo si, en lugar de quedarnos en Spitzberg hasta el otoño de 1945, podíamos hacerlo por un año más, en cuyo caso nos mandarían dos aviones con los suministros necesarios», explicó el experto alemán.

Aunque aceptando esta petición se mantenían lejos de las balas que volaban sobre Berlín (donde todo aquel con fuerzas para levantar un fusil era reclutado para defender la capital del Reich de los aliados), lo cierto es que este grupo sentía una mezcla de morriña y desesperación ante la idea de que el nazismo se viniese abajo. «El estado moral y físico en qué nos encontrábamos no podía ser mejor, pero nos inquietaba sobremanera la situación allá en la patria», completa Dege.

Los últimos en rendirse
Finalmente, las peores pesadillas de este grupo de germanos se materializaron cuando, el 2 de mayo de 1945, les informaron desde Berlín de que Hitler se había suicidado junto a Eva Braun en el búnker de la Cancillería y la guerra iba a terminar en cuestión de días. Sabedor de que su misión ya no tenía utilidad alguna, Dege comunicó entonces a los aliados que rendía la base, aunque no sin antes destruir todos los documentos concernientes a los datos recogidos. Los estadounidenses aceptaron. Sin embargo, la situación se volvió dantesca cuando, con el paso de las semanas, se percataron de que ningún buque acudía a aceptar su capitulación ni a recogerles.

Tuvieron que pasar meses hasta que se les informó de que un navío acudiría a recogerles, aunque no sería militar, sino un bajel noruego (el «Blassel») dedicado a la caza de focas. «Llegando agosto, cuando las primeras y tenues capas de hielo aparecieron en el fiordo, preguntamos por radio si en dicho año irían a recogernos. Con gran sorpresa recibimos la noticia de que el 3 de septiembre de 1945, es decir, bastante tiempo después de la capitulación, llegaría en nuestra busca un grupo de cazadores noruegos», añade el alemán en las declaraciones recogidas por ABC.

Así pues, y tal y como estaba prometido, éstos arribaron hasta su posición el día determinado, aunque con no pocos problemas. «El barco en el que viajaban llegó hasta nuestro enclave con alguna dificultad, pues no en vano había ido a parar a un territorio situado al borde de las posibilidades de la raza humana», finaliza Dege.

Aquel 3 de septiembre de 1945, el científico y militar alemán vivió una de las situaciones más surrealistas de su vida pues –como bien señala Hernández en su obra- el capitán del buque noruego no era un soldado y no sabía cuál era el procedimiento para aceptar una capitulación. En un intento de llevar a buen término la rendición, Dege decidió sacar su pistola del cinto y entregársela a su interlocutor. El gesto desconcertó al primero, que preguntó si podía quedársela como recuerdo. Sin duda, un curioso final para una extraña historia y una rara misión.

Finalmente el «Blaasel» partió al día siguiente de vuelta a Alemania cargado con aquellos 11 alemanes, quienes ya se habían convertido en los últimos germanos en rendirse después de la guerra. Al menos, así contó Dege su historia hasta que falleció en 1979.

Fuente:
ABC

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